La ansiedad, en su esencia, no representa un inconveniente psicológico en la mayoría de los escenarios; al contrario, constituye un recurso vital para nuestra supervivencia. Este mecanismo nos faculta para responder con prontitud ante situaciones que exigen nuestra adaptación a uno o varios desafíos. Sin embargo, bajo ciertas circunstancias, este impulso motivacional, tan fundamental, puede derivar en un trastorno de ansiedad. En esta exploración, a través de una conversación con la psicóloga Martina Zorrilla, abordaremos uno de los fenómenos que pueden desencadenar estos trastornos: el ataque de pánico.
Martina Zorrilla, una destacada psicóloga general sanitaria con especialización en ansiedad, trauma, disociación y apego, nos ofrece una visión profunda sobre los ataques de pánico y sus repercusiones en quienes los padecen, así como las soluciones terapéuticas disponibles cuando estos episodios desestabilizan la salud mental. Un ataque de pánico, aunque marcado por una sintomatología intensa y alarmante, no es inherentemente grave. Se manifiesta como una irrupción abrupta de miedo extremo que rápidamente alcanza su punto álgido y luego disminuye progresivamente, con una duración típica de unos 30 a 40 minutos. Esta experiencia se caracteriza por una sensación inminente de peligro o muerte y una necesidad apremiante de huir. Aunque los pacientes lo viven de diversas maneras, se han identificado hasta 13 síntomas somáticos y cognitivos que pueden acompañar estas crisis, incluyendo dificultad para respirar, palpitaciones, sudoración, temblores, sensación de ahogo, opresión en el pecho, náuseas, inestabilidad, desrealización, temor a perder el control, miedo a morir, parestesias y sofocaciones.
La etiología de estos episodios es variada; no siempre hay una causa evidente. La investigación ha delineado tres categorías principales de crisis de pánico. Las inesperadas surgen sin un detonante ambiental claro, percibidas como reacciones espontáneas y sin motivo. Las determinadas situacionalmente ocurren ante la exposición o anticipación de un estímulo específico, como quedar confinado o encontrarse con una araña. Por último, las predispuestas situacionalmente están vinculadas a un estímulo ambiental, pero no se presentan de manera constante en el momento exacto de la anticipación o exposición. Por ejemplo, si el pánico se asocia con la conducción, puede manifestarse mientras se conduce o incluso después de haberlo hecho. Desde una perspectiva integradora, los ataques de pánico pueden interpretarse como una falsa alarma del sistema de alerta del cuerpo, donde la exploración de las emociones, vulnerabilidades y necesidades individuales es crucial para su manejo.
Distinguir un ataque de pánico de una condición médica es fundamental, ya que los síntomas físicos pueden ser muy similares. La clave reside en que los ataques de pánico están arraigados en el miedo, a diferencia de los problemas médicos. Durante una crisis de pánico, la autorregulación puede reducir gradualmente las sensaciones físicas, mientras que un problema médico no responde a la gestión emocional y suele ir acompañado de la percepción de un mal funcionamiento corporal. Aprender a reconocer estas diferencias requiere experiencia. Se aconseja acudir a un médico la primera vez que se experimentan estos síntomas para descartar causas orgánicas. Si se desarrolla una propensión a sufrir crisis de pánico, es posible aprender a identificar el miedo y aplicar estrategias específicas para su manejo, aunque esto puede ser más complejo si existen condiciones como hipocondría o TOC. La transición de un ataque puntual a un trastorno de pánico ocurre cuando los episodios se vuelven recurrentes durante al menos un mes, y la persona altera su comportamiento debido a la preocupación constante por futuras crisis, lo que puede manifestarse como agorafobia o hipervigilancia de las sensaciones corporales.
En cuanto al abordaje terapéutico, los enfoques cognitivo-conductuales han demostrado ser muy efectivos para mitigar los síntomas y mejorar la calidad de vida. Sin embargo, en casos con componentes de trauma relacional, contextos vitales complejos o pánico cronificado, un modelo integrador que abarque tanto los síntomas como otros factores influyentes resulta más beneficioso, adaptándose a las necesidades individuales. Un elemento crucial para el éxito de la terapia es la construcción de una sólida alianza terapéutica y un ambiente de seguridad y confianza con el psicólogo. En momentos de pánico inminente, es útil contrarrestar la reacción natural de la ansiedad, que sugiere tensión y rigidez. Reconocer que el miedo se compone de sensaciones corporales y pensamientos permite liberarse de la tensión muscular y de los pensamientos catastróficos, sin negarlos, sino evitando alimentarlos. La ansiedad y el control son incompatibles: cuanto más se intenta controlar, mayor es la sensación de descontrol. Por ello, resistirse a los síntomas suele intensificarlos. Evitar situaciones temidas también refuerza la percepción de amenaza a largo plazo. Las herramientas para reducir la probabilidad de nuevas crisis deben ser guiadas por un psicoterapeuta, ya que un uso inadecuado podría ser contraproducente.
La duración del proceso terapéutico varía en función de la historia personal y los factores específicos que influyen en las crisis. Aunque no hay un tiempo exacto, muchas personas empiezan a recuperar la sensación de control en unos meses, con constancia y aplicando las estrategias aprendidas. Es vital desmitificar los ataques de pánico: no son una enfermedad física ni un trastorno mental grave, sino un miedo aprendido, cuya vivencia es desagradable pero manejable. La forma en que se responde a las crisis a menudo agrava los síntomas, y la reacción correcta suele ser contraintuitiva. Además, es común sentir vergüenza, pero los ataques de pánico son simplemente un malentendido del sistema nervioso, y cualquiera puede experimentarlos. Desestigmatizar esta condición es fundamental para que las personas busquen ayuda sin temor.