A veces, elecciones que para otros son sencillas, para ti representan un bloqueo. Cambiar de empleo, negarte a algo, permanecer o avanzar, iniciar algo nuevo o seguir la rutina. Reflexionar en exceso te agota antes de poder escoger. Y no es por desinterés, sino por la gran importancia que le concedes a cada alternativa.
Comprendes que cada sendero conlleva repercusiones y renuncias, y eso te preocupa más de lo que muchos pueden captar. Entender por qué te resulta tan difícil resolver es el paso inicial para dejar de ver cada determinación como una prueba que superar. Aquí abordaremos este tema y te brindaremos instrumentos para simplificar este recorrido.
Tomar resoluciones activa más que solo la parte racional de tu mente. Entran en juego las emociones, vivencias previas, valores personales y temores arraigados. Tu psique busca resguardarte de equivocaciones, pero a veces exagera los riesgos y demanda certezas inexistentes. Cuando persigues una seguridad completa, el pensamiento se enreda, dando lugar a la conocida parálisis por análisis. Además, ciertos rasgos influyen significativamente. El afán de perfección impulsa a buscar opciones sin fallas, la falta de confianza te hace dudar de tus propias elecciones, la impulsividad te lleva a decidir para calmar la ansiedad, y la evasión pospone para no enfrentar la incomodidad inmediata.
Todo esto coexiste en una misma persona, dependiendo del momento. Es crucial entender que posponer también es una forma de decidir, aunque no siempre seas consciente de sus efectos. Psicológicamente, elegir implica dejar ir. Cada "sí" implica varios "no", y aceptar esto no es fácil. Por eso, la mente intenta mantener abiertas todas las posibilidades, aunque sea inviable. Al final, la dificultad no reside en escoger, sino en querer hacerlo sin perder nada.
Tomar decisiones no es un acto aislado, sino un proceso que se puede cultivar. No se trata de erradicar la duda, pues siempre estará presente, sino de aprender a coexistir con ella sin que dirija tu camino. Para lograrlo, es útil combinar la reflexión, la emoción y la acción, ya que ninguna funciona óptimamente por sí sola. Los siguientes puntos no son reglas inquebrantables, sino métodos para organizar tus pensamientos y disminuir la carga emocional. Algunas te resultarán más intuitivas que otras, y eso está bien. El objetivo es que halles las herramientas que se adapten a ti, y no a la inversa.
Para empezar, abandona la búsqueda de la decisión perfecta. Este bloqueo surge de la creencia en una elección ideal que asegura total tranquilidad. Tal planteamiento suele dividir todo en correcto o incorrecto, lo que incrementa la presión. Generalmente, existen opciones razonables, no soluciones infalibles. Elegir significa construir el camino después, no predescubrirlo. Muchas decisiones se vuelven más gratificantes por cómo las sostienes, no por lo que prometían inicialmente. Al reducir la exigencia de perfección, la mente se relaja y surge mayor claridad para avanzar. Después, establece un límite de tiempo para el análisis. Reflexionar es vital, pero hacerlo sin fin agota. Cuando no hay un cierre, el análisis deja de aportar información y comienza a alimentar la ansiedad. Por eso, es útil fijar una fecha o momento para decidir, incluso sin certeza absoluta. La acción esclarece más que la espera prolongada. Decidir con dudas no es un error, sino parte del proceso. Muchas respuestas aparecen tras actuar, no antes, porque la experiencia organiza lo que la mente no puede por sí misma.
Además, utiliza listas, considerando siempre tus valores. Las listas de pros y contras son útiles, siempre que no se limiten a lo superficial. No todos los puntos tienen el mismo peso, aunque estén escritos en la misma hoja. Asignarles un valor según su importancia para ti cambia significativamente el resultado. Realiza este ejercicio en diferentes días, ya que el estado de ánimo influye más de lo que parece. Al final, no prevalece la opción con más elementos, sino aquella que concentra un mayor valor personal. Esto vincula la decisión con lo que verdaderamente te importa. A continuación, visualízate viviendo cada opción. Pensar en escenarios desde fuera a veces no es suficiente. Proyectarte dentro de cada alternativa te permite percibir reacciones emocionales que no surgen en el análisis racional. Cómo te sientes al imaginarte en esa situación, qué te produce alivio, qué te tensa, qué te brinda calma. Esto no implica buscar un entusiasmo constante, sino una coherencia emocional. Si una opción te genera una tranquilidad sostenida, aunque despierte cierto miedo, es conveniente prestarle atención. Las emociones, bien escuchadas, aportan información, no estorban.
Finalmente, acepta la incertidumbre y comprométete. Toda elección deja interrogantes abiertas. El problema surge cuando, después de decidir, sigues evaluando lo que no sucedió. Esto alimenta el arrepentimiento y debilita el compromiso con lo que sí está ocurriendo. Una vez que has tomado una decisión, es conveniente mantenerla y afrontar las dificultades como situaciones nuevas, no como pruebas de que todo fue un error. La incertidumbre no desaparece, pero se vuelve más manejable cuando dejas de debatir con el pasado y te concentras en el presente que elegiste.
Resolver no es una habilidad exclusiva de las personas 'seguras'. Es un proceso humano, lleno de complejidad, que se adquiere con práctica y autoexploración. Cuando comprendes lo que te frena y cómo funciona tu mente, elegir deja de ser una carga constante y comienza a sentirse más manejable, incluso con la presencia de dudas.